LEYENDAS

No faltan leyendas en el Valle de Roncal, transmitidas de padres a hijos, no sabemos durante cuanto tiempo, pero sí que sabemos que estas leyendas se apagan ahora para siempre. Ya no se hacen los egudiargos en nuestras casas, ni las ancianas se reúnen a vellar, ni los niños se ponen al calor del fuego de la chimenea para escuchar al abuelo sus cuentos y sus historias.
Algunas de aquellas leyendas, que en otro tiempo no había un niño que no se la supiese, han sido recogidas en estos primeros años del siglo XXI durante los trabajos de recogida del patrimonio oral. Los ancianos, haciendo un esfuerzo de memoria, nos han llegado a contar algunas de aquellas historias de brujas que a ellos les transmitieron; y, lo que es mejor, nos las han contado con ese brillo en los ojos que delata una firme convicción de que lo que narran no es un cuento; como realidad se lo contaron a ellos, y como realidad incuestionable lo transmiten ellos ahora.

Eusebia De Miguel (Uztárroz, 1916), contaba una historia que a ella, siendo niña, le contaron en casa alrededor del fuego. Se trataba de la historia de un grupo de mujeres del pueblo que se juntaban casi todos los días para dedicarse a hilar juntas. Estando en esta labor observaron que todos los días les visitaba un gato, del que sospechaban que podía ser una bruja. Ante esta duda optaron aquellas mujeres por contar este hecho a un hombre del pueblo, al que disfrazaron de mujer, y lo integraron un día entre el grupo de hilanderas.
Estando así el grupo llegó de nuevo el gato, quien al observar al grupo y detectar la presencia de un hombre, exclamó: “¿hombre, e hilando?, lo que hizo que aquél le respondiese con otra pregunta: “¿gato, y hablando?”. Seguidamente el hombre tomó el caldero de agua hirviendo que había en el fuego y la arrojó sobre el gato, que huyó escaldado. Al día siguiente una mujer del pueblo amanecía con la cara totalmente quemada.

Así mismo en Burgui contaba Cirila Garate (1907) de casa Aso que la abuela de Anaut (Camila, de casa Anaut) vino una vez a casa a pedir el macho; le dijeron que no se lo podían dejar porque lo iban a emplear en los trabajos de ese día. Ella le pasó al macho la mano por encima, y dicen que ya no pudo trabajar en todo el día.

Contaba también que a su abuelo le pasó que encontró una cabra en la foz que casi no podía moverse. Él la cargó, y la llevó hasta el pueblo, y al dejarla en el suelo junto al puente, ella le dijo “gracias Larrambe”, y se fue andando.


Juan Urzainqui Garcia (Burgui, 1922), vecino de Burgui, repetía el mismo testimonio de la tía Cirila. Contaba también que recordaba que de algunas mujeres del pueblo se decía que eran brujas, con especial convicción de aquellas mujeres que eran capaces de tocarse la punta de la nariz con la lengua, que se consideraba prueba inequívoca de ser bruja.


Especialmente curioso es también el testimonio de Donata Pasquel Ornat (Vidángoz, 1922), que contaba que en la casa Arguedas, en Vidángoz, sucedió que se murió uno de la casa. A raíz de su muerte apareció un dibujo en el suelo, justo debajo de su cama; un dibujo que no se podía quitar. Alguien interpretó aquello como que el alma de aquél difunto estaba a falta de misas. Y lo cierto es que se hicieron misas por su alma y el dibujo desapareció. Donata Pasquel insistía en que este relato no era ningún cuento, pues su madre –que era quien se lo había contado- había sido testigo de la existencia de aquél dibujo y de su desaparición.

Esta misma informante contaba, y lo enmarcaba dentro del tema de la brujería, que en una casa de Vidángoz a un niño que estaba en la cuna, subió un cerdo las escaleras y le comió los dedos de la mano.


En Isaba, Martina Lasa Anaut (Isaba, 1891), conocida popularmente como la tía Martina, dejaba escrita una copla en la que se recogía otra leyenda similar. Aquella leyenda se titulaba "La cabra sorgiña", y decía así:


Alegres como las flores

una noche de verano

cantándoles a las chicas

los mozos iban rondando.


Expresando muy animosos

con sus flamantes guitarras

sus canciones amorosas

que a todas les agradaba.


Pero al llegar a la calle

llamada Karrikalux

una nube muy oscura

dejó a la luna sin luz.


Mas esto no era nada,

pero sí lo que pasó,

una cabra extravagante

entre ellos apareció.


Iba de pie y dando saltos

que a todos horrorizaba,

pero el mozo más valiente

le tiró una gran pedrada.


Una pata le rompió

quedando inutilizada,

y cuando salió la luna

vieron que no había nada.


Al día siguiente al ir

los chicos a la escuela,

un chico le dijo a otro:

está enferma mi abuela.


Ella dice que en la cama

se le había roto el pie;

y el otro chico le dijo:

¡sorgiña había de ser!.